martes, 15 de diciembre de 2009


Sergio Berrocal Joe Bradley



:: La Luna de todos los Horrores ::


Te quedas aterrado delante de tanta nada inútil, nada que ver con la de Carmen Laforet, nada que ver con la nada más circunspecta de la desesperación. Te metes en la película y ya no sales de tu indignación. Faltan adjetivos para calificar tamaño desaguisado visto y revisto por gente que se supone es medianamente inteligente. Y plebiscitado por millones de jóvenes, adolescentes e imagino que adultos adulterados.


Es Luna llena, una producción millonaria más de La Saga Crepúsculo.Imbecilidad es un grado que esta película no se merece. Porque no es nada. Y el argumento de llorar después de rezar por la salvación del mundo: una muchacha, decaída, aparentemente anoréxica por vocación, que está enamorada de un vampiro etéreo. Amor contrariado por la presencia de una pandilla de muchachos-lobos, de una fealdad digna de concurso de belleza. ¿Por qué los vampiros y los lobos transformistas se odian? Tendré que leerme los varios volúmenes de la escritora creadora para enterarme.


Pero después del electrochoque de esta memez sin fronteras prefiero morir tonto, degollado, o pisoteado por la hoja triangular de una guillotina mal afilada. Todo antes que ese crepúsculo que trae la luna nueva maldita. Me entran ganas de ser hombre lobo para degollar a todos los malditos vampiros que han rodado esa cosa.De esta película insensata, en la que me metí por una fatalidad de la vida que no puedo justificar ni con un burger doble y cola al por mayor, sales temblando de indignación de la buena, la que llevó a los ingleses a convertir a Juana de Arco en una dorada criatura para manjar de los infieles devoradores de vírgenes calenturientas.Y como dicen que esto, repito Luna Nueva, es una película para adolescentes y jóvenes tiembla por tus hijos.


La mayoría de los millones de incautos descerebrados que han caído en la trampa peliculera seguramente creerán que lo que no dice la película son sus valores. Lo espantoso es que la supuesta virgen que ama al vampiro que se hubiese privado de sangre por una velada en El Lido de Muerte en Venecia y sus muchachos lobos repletos de músculos de gimnasio pandillero nunca conocerán a El Principito. Ni siquiera a Carlitos Brown, y menos aún a Snoopy.


Esa cosa que he visto en un cine perdido del fondo de Andalucía, con relentes de mar Mediterráneo que lleva hasta los terroristas de Mauritania, la firma un tal Chris Weitz, cuyas dos obras maestras cinematográficas son American Pie y About A Boy.Aclamemos su sabiduría, así como la de la autora de La Saga Crepúsculo, Stephene Meyer o algo parecido.Mi butaca estaba a cientos de kilómetros de donde la luchadora saharaui, Aminatu Aidar, mantiene una huelga del hambre para pedir el derecho a regresar a su casa en Al Aiun, allá por ese Sahara del que los marroquíes se apoderaron hace ya con la complicidad de la cobardía de los españoles. Nadie quiere dar la cara. La mujer se consume y los grandes de este mundo de Luna nueva miran a otro lado. Tal vez se hayan imbuido de la filosofía de esa saga maléfica.


En Afganistán se sigue matando, en Irak se sigue muriendo, en Africa la miseria ya no es tan feroz como la traición de políticos corruptos que se miran el ombligo.Imagino con terror que la nueva generación que salga de la filosofía lunera no les defraudarán.Por favor, señores productores, denme películas malas pero distraidas y no dañinas.Hay películas más malas que buenas pero que parecen todo lo contrario y te dejan el alma más templada que un paracetamol con gripe después de haber revisto una genialidad del sueco Ingmar Bergman o la aplicada militancia de Adrzej Wajda.Millones de personas contemplaban esa Luna nueva en el mundo entero, y probablemente más en Estados Unidos, cuando el presidente Barack Obama recogía su Premio Nobel de la Paz y aprovechaba la oportunidad para hacer la apología de la guerra… como solución de la paz. Le aplaudieron, le congratularon, aunque él se fue corriendo, como si le diera vergüenza.Los hacedores de esos filmes nefastos están enterrando la infancia de dos mil años y están promoviendo una “civilización” de enucos mentales.Piedad. Que Jesús está a punto de nacer.













:: Mussolini Love Story ::


He pasado años escribiendo sobre un coronel del régimen de Francisco Franco, dictador de la España de todos los males de 1939 hasta su muerte, en 1975, y de pronto me doy cuenta de que soy un infeliz inocente.Benito Mussolini, que a mí me parecía únicamente un dictador de andar por Europa en la época de Adolfo Hitler, otra prenda, era sobre todo el padre de un hijo al que ni reconoció ni amó y al que metió en un psiquiátrico para deshacerse de él.


Esto lo cuenta la película Vincere de Marco Bellochio, en versión del diario francés Le Monde.En 1915 nacía el primer hijo de ese monstruo de cabeza pintada de calva, un pobrecito bautizado Benito Albino, puro cachondeo del Registro Civil. Era el hijo que había tenido con una joven llamada Ida Dalser, que dedicó toda su fortuna y todo su amor al joven Mussolini.


Cuando llegó al poder de las pistolas en 1922, el maldito Duce hizo destruir todas las pruebas de su amorío con Ida, a la que, por precaución,, mandó encerrar en un psiquiátrico, esos de antes donde los cuerdos se volvían locos. Luego encerró en un lugar parecido al hijo adulterino. La amante o esposa, la cosa no está clara porque el maravilloso Duce destruyó todas las pruebas que podían relacionarlo con ella, y el fruto de los amores murieron encerrados en la eternidad de la locura.

Ahora les cuento la historia por la que con mi pluma-teclado-ordenador ha denunciado desde hace diez años, cuando llegué a Fuengirola, provincia de España, en el sur más profundo que los boquerones del Mediterráneo, y que encontrarán en mi próxima novelita, de inminente aparición: En el nombre del padre.


He contado, cuento y contaré hasta que los tiburones que a veces se pierden por estas playas me quiten el último suspiro, el de García Lorca cuando unos facinerosos con uniforme legal le quitaron la vida años después de que el Duce privara de respiración a la mujer que más amó y al hijo que tuvo de ella.


Érase una vez otra dictadura, la de Francisco Franco, que después de alzarse contra la República de España provocó un cisma ideológico al imponer un fascismo gallego en un país hecho para las ferias, los vinos y las mujeres. El regordete asceta en uniforme con fajín reglamentario de pacotilla anuló el pensamiento de los españoles y durante treinta y seis años, cuentan las crónicas menos severas, convirtió España en un gulag que le habría envidiado seguramente el José Stalin aquel de los cuentos de miedo soviéticos.


Treinta y seis años de dislexia cultural, treinta y seis años deprohibido leer y sobre todo pensar de la que todavía hoy, en 2009, se resienten los españoles. Con su odio por la cultura, relente de todos los males de todas las dictaduras, instauró una manera de pensar unilateral en la que el sexo era cosa del diablo y la vida cosa de la eternidad.


Obtuso hasta el fin de los siglos amén instauró una moral en la que las relaciones extramatrimoniales se convertían en un delito de lesa majestad.El amigo por el que peleo desde hace diez años debe de considerar ahora que su love story revuelta con salsa picante y pescaíto frito es de lo más banal al lado de la de Mussolini.


En el prólogo de mi libro, escribe el pobrecito: Yo nací en el momento equivocado (1939, principio de la represión tras la guerra civil) en un lugar equivocado (el vientre de una mujer que no estaba casada) y engendrado por uno de los coroneles más fieles al Caudillo, casado y con hijos, que no podía permitirse jugar con los principios morales tan estrictos que el nuevo régimen aplicaba sin que le temblase la mano, ya cansada de firmar sentencias de muerte.El niño que sin comerlo ni beberlo descubre en el colegio que es un paria porque no tiene derecho a escribir en sus cuadernos el apellido venerado de su padre (biológico, claro) no puede entender las razones de los mayores.Y hasta que cumple dieciocho años y decide liberarse por sí mismo de aquel fardo de no identidad, el niño sufre. Y cuando cumple 70 años, ese sufrimiento le persigue. Salvo que por una interpretación quizá muy libre del síndrome de Estocolmo, escribe una y otra vez en busca del padre que le abandonó a los ocho años. Búsqueda difícil y cruel que él sintetiza en la escritura, la única arma que ha encontrado para tratar de exorcizarse de su nacimiento ilegítimo.


Y si al leer estas notas les parece que hay muchas contradicciones en la percepción del Padre, no se extrañen. Cuando era niño odió con toda su rabia infantil a aquel Coronel tan importante que le había dejado solo. Pero ya al final de la vida, cuando a veces toca perdonar o por lo menos comprender, se dio cuenta de que todos los días de su existencia había echado de menos a aquel Padre indigno.


El hombre no se ha dado cuenta todavía, claro que no ha visto la película de Bellochio según cuenta el diario Le Monde, de que es un privilegiado de los fascismos que en el mundo han sido. Está vivo, sabe leer y escribir y para cuando se siente solo el médico le ha recetado un güisqui (hasta tres, pero sin sobredosis) con cine o sin cine según su estado de ánimo. Y en los momentos de calma chicha, descafeinado con leche.Y como consuelo siempre puede pensar que a Mussolini le colgaron por los pies, lo más sensato que tenía cerca del cerebro.













:: Mis desencuentros con Frank Sinatra ::


Tuve en tiempos mi especial triángulo de las Bermudas con Frank Sinatra, uno de los artistas que moldearon mi vida (así me ha ido…). Una oleada de desencuentros que pasaba por París, La Habana y Torremolinos, pueblecito turístico de la muerte situado en la Costa del Sol, donde el sur de España pierde su identidad nazarí.


Estoy que trino en esta calurosa mañana de otoño con encorajinado viento de poniente y el mercadillo de anticuarios y otros deudos de la humanidad que ya invade mi mesa de trabajo con sus ruiditos de Picassos a un euro.Los analfabetos congénitos, los más frecuentes y los más peligrosos, capaz de extinguir civilizaciones enteras con el sólo poder de sus imbecilidades, abundan en esta costa de 180 kilómetros de playas con sus chiringuitos, bares playeros donde por el precio a veces puedes creerte en el zaguán del restaurante La Tour d’Argent de París. Ellos siempre me lo han advertido: la lectura puede matarte.No leas, leer es perjudicial para la salud, puede hasta provocar impotencia, acompañada de cáncer de mama. Me han dado la lata desde que aterricé aquí procedente de Brasilia hace diez años. Uno de los predicadores de la anticultura casi me ha convencido con esta siniestra pregunta a la que no he sabido contestar: “

¿Para qué co… sirve la cultura?”.


Como más que testarudo (atestao dicen por estas tierras) soy Peace and Love por aquello de que la violencia sólo puede serme fatal a mí, di las gracias a aquel analfabeto mayor del reino de Granada. Y seguí leyendo.Entonces he comprobado que el animal de dos pata tenía razón: la lectura puede provocar hasta repentino eczema pulmonar. He caído dentro de un libro hecho a la gloria de uno de los hoteles de la Costa del Sol que más preservativos ha visto desfilar por sus habitaciones desde los años sesenta. Y he querido morirme de rabia y dolor.


Los sesenta yo los disfruté en París, pura verbena nocturna que acabó con mi inocencia de los 17 años y medio para sumirme en lo más deliciosos de los diez mandamientos. De vez en cuando me escapaba y aterrizaba en Torremolinos, donde existía entonces una movida espectacularmente locuela con estrellas de cine, hombres políticos y otros delincuentes.


Iba por el Hotel Pez Espada, cuerpo de mi delito, pero hasta ahora no me había dado cuenta de mi error, fallo, pecaminosa abstracción mental. No estuve allí en el momento preciso.Era el 17 de septiembre de 1964 –leo en el maldito libro—cuando llegó Frank Sinatra para rodar algunas escenas de “Von Ryans Express” donde jugaba al héroe guerrero pese a que ya empezaba a caérsele el pelo.Se alojó en ese hotel y dice la crónica que lo primero que hizo al llegar a su habitación fue pedir hielo y una botella de agua. El güisqui seguramente lo llevaba él porque en aquella España del Generalísimo Francisco Franco esas bebidas eran casi pecaminosas. Mi primera sorpresa aterida de muchos sentimientos ha sido comprobar en la documentación que para su güisqui no reclamó una botella de Perrier (agua gaseosa francesa indispensable para un güisqui sea cual fuere su padre) ni siquiera algo que se le pareciese en burbujas, y tomó agua sin gas.


Quizá esto explica lo que sigue.Cuentan que una medianoche de aquellas largas de Torremolinos, Sinatra y algunos amigos recalaron en el bar del hotel en busca de una copa. Entonces se le acercó una guapísima muchacha recién desmamada que toda su corta vida había querido ser actriz.Tocó el hombro de Sinatra y éste, muy pavlovista, se volvió hacia ella, oportunidad que la niña aprovechó para abrazarle. Surgió un flash y una foto comprometedora y publicitaria. Siguió una media trifulca y vinieron los grises, aquella policía franquista que todavía me da erisipela cuando me acuerdo. Y, como a un Edmond Dantès cualquiera, se llevaron a Sinatra a un calabozo, que debía de ser lóbrego porque con las dictaduras ya se sabe, donde pasó el tiempo suficiente para enfadarse muchísimo.


Al día siguiente, sin tener en cuenta quién era aquel cantante cuya voz había acompañado a sus enamoramientos, rupturas y desconciertos amorosos, dos policías le llevaron directamente al aeropuerto para expulsarlo rumbo a París.Entonces fue cuando probablemente se acordó de lo que decía Rick: “Siempre nos quedará París”. Aunque hoy tengo dudas. ¿Vería alguna vez “Casablanca”?.


El estribillo de este cuento es que el cantante de Oboken se convirtió en antifascista convencido. Como el personaje encarnado por Humphrey Bogart.Total, que aquel día perdí la ocasión de conocerle. Era la tercera parada de nuestro desencuentro.La primera había sido en París y la segunda en La Habana donde sólo me cupo la alegría infantil de creer que había dormido en su habitación del Hotel Capri.Tuve un psiquiatra en tiempos morunos que no quiso explicarme el por qué de estos fallidos encuentros.Se salió por peteneras diciéndome que se lo preguntara a Freud. Tardé un rato en acordarme de que el tal Sigmund estaba enterrado desde hacía rato.


Ahora me he prometido hacer una peregrinación a un bar que en aquel mítico hotel han dedicado a esa Voz que hasta después de muerto puede levantarte el ánimo de la desesperación.Porquecuando ya no te queda ni Casablanca ni París, siempre tienes unos cacahuetes para acompañar el güisqui del desencuentro. Y porque vivimos en tiempos de leyendas que todos los malditos del mundo quisieran poder haber inventado.













:: Cosascine ::


Descubrí tarde la película Casablanca porque ya estaba de moda el technicolor.Casablanca es la representación más adulterada y cutre del patriotismo, de la amistad y del amor de sacrificio.Había que ser un descastado como Humphrey Bogart para renunciar a las caricias de Ingrid Bergman por ideas.Casablanca me enseñó que el maniqueísmo es cosa de mayores atiborrados de propaganda y de mentiras exquisitas.Durante tiempo he sentido por Bogart ese odio infantil que se llama envidia primeriza. Se me aparecía como el prototipo del perdedor que casi siempre le saca tajada a la vida aunque sea en la cocina Tardé años en comprender que Ingrid Bergman no era la nórdica pasada por agua que todos pensábamos. Hasta que se armó el lío con Roberto Rossellini. Desde entonces empecé a amar el neorrealismo italiano.


El pianista negro de Casablanca es la mayor prueba de que el racismo nació en Estados Unidos.Los dos únicos actores simpáticos de Casablanca son el francés Marcel Dalio y el austriaco Peter Lorre. El realizador Michael Curtis los relegó a papeles antipáticos probablemente porque eranexóticos extranjeros.Con Casablanca aprendí, siempre con doce trenes de retraso y dos aviones perdidos, que, cuando crees con fervor, la semana tiene hasta siete días en el calendario gregoriano. La mejor réplica de Casablanca no es la incomprensible “Siempre nos quedará París” sino el “Yo soy alcohólico” que le suelta Bogart al oficial alemán que le pide su identidad.Internet ha hecho añicos el carácter culto de Casablanca. Todos los analfabetos del mundo conocen hoy la réplica clave de la película aunque afortunadamente no la entiendan. Nadie se ducha en Casablanca. Se bebe más güisqui que agua de Vichy. Casablanca no es la mejor película pero sí la más discutible. Cuando la ví por primera vez, el agua de Vichy ya corría por mis venas ventajosamente aliada con güisqui repleto de rocas.Con Casablanca aprendí que nunca sería capaz de hablar inglés como Ingrid Bergman. El personaje más redondo de Casablanca es el aduanero gordo que en los últimos planos arroja una botella de agua Vichy a la basura. Este gesto altamente ilustrativo de la tesis de la película pasó casi desapercibido porque casi nadie sabía que Vichy había sido también la capital del gobierno del mariscal Pétain, que colaboraba con la Alemania nazi.Qué pena. Ya no nos queda ni Casablanca. El cine era el milagroso café del alma. Ahora no llega, en la mayoría de los casos, ni a descafeinado sin leche. Soy del partido de Juanita Narboni, críada en los cines de Tánger con películas que un día te daban felicidad y al siguiente te sumían en un mar de lágrimas.El cine fue la gran escuela de una gran parte de mi generación, la de tener o no tener. El cinema Apolo de Ceuta nos convenció a unos cuantos de que nuestras vidas serían como fuesen y que no había más mojama que la que podías comprar. Me sentí héroe con Gary Cooper y villano regordete con el maravilloso Edgard G. Robinson.Aprendí la diferencia entre el bien y el mal con OK Corral, aunque sufrí de maniqueísmo agudo durante largo tiempo.Siempre estuve más cerca de los héroes del Ladrón de bicicletas que del elegante Gene Kelly de Cantando bajo la lluvia.Aprendí a enamorarme con Marilyn Monroe y recibí nociones de erotismo mediterráneo con Brigitte Bardot. Todo se quedó en pura teoría. Las primeras películas neorrealistas latinoamericanas me enseñaron que más allá de las luces deslumbrantes de París había un mundo de sufrimiento.Me sentí más periodista que nunca con La dolce vita. Todavía no sabía que la desigualdad social podía llevar smoking y comer caviar. Pero ya intuía que a veces doblaban las campanas. Siempre me emocionó más Jungla de asfalto que Qué bello es vivir. La realidad puede con la ficción.Fuera de la pantalla, el cartero no llama nunca y cuando lo hace no tienes una Lana Turner o una Jessica Lange encima de la mesa de la cocina. Nunca he soportado a Charlie Chaplin. Me parecía más talentoso el francés Raimu y sus avatares panaderos pero el público es muy raro. Cuando uno se adentra en un buen diccionario de cine no tarda en percatarse de que todas las grandes películas ya fueron rodadas.










:: Las ventanas de Gaza ::


Todavía no he podido visitar Gaza, la ciudad mártir creada por la soberbia de un Estado montado sobre los rodamientos bien engrasados de los intereses políticos mundiales supremos más que por un inocente deseo de justicia.La verdad es que me falta tiempo para viajar a Palestina. En esta Costa del Sol española tengo tanto que hacer… Contemplar el mar, comer pescaíto frito… Y de vez en cuando escribir sobre las bondades de mi vida en este universo de capitalismo justo, solidario y maravilloso.El periódico que tengo entre las manos me ha quitado hasta el gusto del güisqui con el que estaba relamiéndome en la terraza de mi casa desde donde no se divisa más que la paz del mar y la belleza inalterable de las montañas. Gaza queda muy lejos.El diario que leo, maldito sea, me quiere convencer de que las cosas van muy mal en la franja de Gaza. Escribe, y yo leo, que la operación militar israelí lanzada del 27 de diciembre de 2008 al 18 de enero de 2009, que algunos humoristas malintencionados bautizaron “Plomo fundido” (¿por qué tanta maldad, cómo pueden atreverse los malditos antiisraelíes?), ha dejado a los habitantes de Gaza en las cuerdas.¡Qué exageraciones!. “Muy pocas de las viviendas destruidas o hechas polvo por los soldados israelíes, a los que no les falta más que la paloma de la paz para ser gráficamente perfectos (pero la gente es muy mala, querida, y la propaganda antisionista ya se sabe) han podido ser reconstruidas”.Qué sarta de exageraciones. Que si la ayuda internacional llega con cuentagotas. Que si carecen de esto y de lo otro. Como si no hubiese tanta necesidad en el resto del mundo. Que miren esos palestinos respondones lo que ocurre en África. Aunque capaces son de echarle también las culpas a Israel.El periódico agrega que miles de familias de Gaza tienen que seguir viviendo en tiendas de campaña o hacinadas en minúsculos pisos. Vamos, como si no hubiese una crisis de vivienda en el resto del mundo…


Es verdad que la propaganda antiisraelí es malditamente implacable. Asegura el mismo diario que lo que más preocupa a los muertos de hambre palestinos es que muchos no han podido todavía reemplazar los cristales rotos de las ventanas de sus casas, porque con muy buena vista, lógico me parece a mí, testigo imparcial, Israel ha decretado un embargo sobre esos cristales, temiendo que los palestinos (Alá te acompañe, Arafat), los utilicen como armas.Pero, bueno, ¿qué quieren que haga Israel? ¿Imaginan ustedes esos vidrios afilados convertidos en dagas punzantes en las manos asesinas de los que resisten a los pacíficos y hasta pacifistas soldados israelíes?.Y siguen las quejas, que el periódico repite sin reflexionar, sin querer entender que todo tiene su por qué. Que se fijen en la época de la Francia ocupada por los alemanes nazis que fusilaban a los franceses por menos de un “verboten” atravesado en la laringe de un judío.¿Cuántos fusilamientos ha habido en Gaza? Bueno, sí, hubo más de cien muertos la última vez que las tropas israelíes aparecieron por allí, probablemente porque los palestinos se resistieron a la presencia de estos soldados de la paz. Pero la verdad es que no hay dignidad. Ahí tienen sin ir más lejos al expresidente norteamericano Jimmy Carter, quien se pasea por Gaza y acto seguido afirma con solemnidad: “Los ciudadanos de Gaza son tratados más bien como animales que como seres humanos”. Pero, ¿qué tendrá este hombre contra los animalitos? Como si no fueran también criaturas de Dios.


Y es que hay que ser precavidos, porque luego la gente dice y repite que no hay orden y que los que mandan no han cumplido con su obligación. Es frustrante tantísima mala fe.El otro día, en un receso de mis meditaciones sobre la incomprensión de la misión de los israelíes en Gaza, volví a ver El cazador (Michael Cimino, 1978, Robert de Niro, Meryl Streep al canto) que me hizo olvidar mis cuitas. De golpe, sin que yo me acordase, porque el pescaíto frito, los gambones y el güisqui con Perrier te desgastan la parte baja y periférica del cerebelo, se escaparon de la película los acordes de I love you baby. Robert de Niro, Christopher Walker y el genial Jon Cazale, enorme actor infravalorado, se ponían a bailar y a gritar como desaforados encaramados en el muro que los israelíes han construido para evitar los atentados palestinos y protegerlos de sus propios malos pensamientos de atravesar a Israel y tratar de ganarse la vida. Insensatos.Y recordé que lo que decía Gloria Gaynor a esos cazadores sin alma de un pueblo minero perdido en Estados Unidos, también me lo había dicho a mí. En París, cuando la oíamos nos sentíamos profundamente felices, como gente a la que no le podía pasar nada malo.Amabas esa canción sin el menor rigor poético como adorabas al perrito Snoopy, tú que nunca habías tenido un chucho. Y hacías gestos dementes y medio simplones con el ritmo de la Gaynor, como si hubieses sabido bailar. Éramos felices.Robert de Niro gozaba de las montañas frías de su mina llena de amigos fieles, repleta de amistad con la que uno cree que nadie podrá, y se iba a la guerra de Vietnam a jugar una interminable y espantosa partida de ruleta rusa.Coreabas I love you baby, con griterío bienintencionado pero profundamente desafinado. Creías que el mal no existía, que hasta Vietnam podía ser bello. ¿Tararearán en Gaza I love you baby?




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